Muy cerca de la ciudad de Valencia se encuentra el Parque Natural del Turia, que con sus casi 4.700 hectáreas se extiende por las comarcas de L’Horta, El Camp de Túria y Los Serranos.
El escaso bosque ripicola mediterráneo asociado al Turia, tiene en este paraje una de sus escasas muestras, conviviendo unas veces y luchando otras por su supervivencia con los pinares de pino carrasco y el matorral mediterráneo.
En la comarca de Los Serranos se sitúa la localidad de Pedralba, puerta de acceso privilegiada a una de las zonas de mayor belleza del parque. Desde ella podremos disfrutar de varias rutas de senderismo, siendo la denominada por el parque «El Palmeral» la que nos da pie a esta entrada.
El Barranco de la Pedrera y su cueva, la rivera del río Turia, las construcciones de piedra en seco o el Palmeral son algunos de los tesoros que esconde esta parte del Parque Natural.
Nuestra particular aproximación es una adaptación del recorrido propuesto por el parque que te permitirá conocer de primera mano estos rincones, y si tienes suerte podrás hacerlo mientras que la majestuosa pareja de águilas que allí viven te observan desde el cielo.
Descárgate el track, la descripción de la ruta y lánzate a descubrir otro fantástico enclave de la provincia de Valencia.
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Por último, recordemos que en muchos casos estos animales son abandonados, maltratados o tienen tutores irresponsables.
Entre nosotros y el barranco se interponía un cercado, que bloqueaba la pista forestal por la que en ese momento íbamos caminando. Casualmente (y algo que no suele suceder), nuestra llegada a ese punto coincidió con la marcha de propietario de la finca, que muy amablemente nos permitió el acceso por su propiedad no sin antes advertirnos sobre la importancia de cerrar las puertas a la entrada y salida (eso es bastante normal), y lanzarnos un inquietante aviso: «Por favor, tened mucho cuidado con los perros. No son agresivos, pero no están acostumbrados a los humanos. No os acerquéis al ganado ya que en ese caso podrían atacaros, defender al ganado es su trabajo.«
Poco a poco el perro iba acortando distancias, tanto que en unos minutos ya andaba olisqueándonos a todos. Nosotros caminábamos con el temor y el respeto que se le debe tener a todo animal desconocido. Nuestra salvación para deshacernos de él era llegar a la zona más abrupta, donde sólo se podía acceder destrepando.
Y eso hicimos, cuando de repente oímos lamentos y lloros a nuestras espaldas. Aquel gigante peludo estaba lloriqueando porque nos alejábamos y no podía seguirnos.
Finalizada nuestra ruta nos tocó localizar al dueño de la finca preguntando a los vecinos, hasta que la dueña del bar nos dio más señas y se comprometió a devolvérselo al dueño.